sábado, 19 de julio de 2014

Cantar un cántico nuevo

La abundancia de  coros gregorianos de laicos en  todo el orbe se contrapone a la realidad de la escasa práctica cultual del canto gregoriano.

Un obstáculo que parece determinante a la hora de pretender poner en práctica el gregoriano en un contexto litúrgico tiene que ver con el paulatino abandono del latín en las celebraciones cristianas. La forma de instrumentar en una pastoral que busca hacerse asequible a todos, un tipo de cantilación venerable y venerado sí por sus valores artísticos y por su sustento doctrinal, pero en un idioma que ya no es el cotidiano, parece un asunto de difícil solución. Desde luego, el canto gregoriano ya es una música histórica; un arco de tiempo de por lo menos 1250 años separa al contemporáneo de su conformación como compendio melódico.

Una cuestión de interpretación del Vaticano II y de su documento específico sobre la liturgia, es decir de la constitución Sacrosanctum Concilium, es la clave de este asunto. Porque si bien en él se da pie a la celebración en lengua vernácula, el latín sigue siendo  la lengua litúrgica de la Iglesia católica y concomitantemente, también del gregoriano: “guárdese el uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular”, y “la Iglesia reconoce el canto gregoriano como el propio de la liturgia romana” (1). Por tanto, no puede haber gregoriano que no sea en latín: lo demuestran los primeros testimonios escritos, cuando a falta de una escritura musical más o menos perfeccionada, se escribía el texto de las piezas, el texto latino. Tal el caso de las fuentes del Antiphonale Missarum Sextuplex, entre ellas el Gradual de Corbie, de finales del siglo IX (2).

ECOS MUSICALES DE LA LATINIDAD

El canto gregoriano debe al latín su conformación. El latín, nuestro viejo latín, relacionado evidentemente con una cultura romana y occidental que hace al ser latino con toda una carga de patrimonios comunes,  es la materia gregoriana, la base rítmico-verbal de sus melodías. Su acentuación propia y sus cantidades son la misma razón de sus elevaciones y cadencias. Ya enseñaba Marciano Capella en el siglo V que el acento es “el alma de la voz y el germen de la música” (3). Y el acento al que se refiere, evidentemente, no es otro que el acento latino. Aceptar un “gregoriano” sobre una lengua moderna es aceptar una elaboración del gregoriano sobre la base de los ritmos e inflexiones de una lengua diversa, de fonética que difiere conforme a la suerte de su evolución.

Hoy, con la disposición melódica que resulta de la investigación científica, y con un latín fruto de una convención -el latín romano prescrito desde S. Pío X en adelante, a fin de evitar las pronunciaciones nacionales-, este repertorio antiguo es cantado con una aproximación casi fidedigna a las fuentes y de hecho, permitiendo que la apoyatura gregoriana al culto sea tan viable como actualmente el Ave Maria de Schubert en una boda, o las aclamaciones del Alleluia en cualquier misa, que a nadie se le ocurriría traducir.


Entre los más prestigiosos coros de laicos se cuentan (de izquierda a derecha) 
el Choeur Grégorien de Paris-Voix de Femmes, dir. Olga Roudakova (Francia), 
Vox Clamantis, dir Iaan-Eik Tulve(Estonia), 
Mediae Aetatis Sodalicium, dir. Nino Albarosa (Italia) o la Schola Antiqua, 
dir. Juan Carlos Asensio (España).

Música histórica, el gregoriano rebasa la categoría museológica en tanto se hace verdadero acto y código de lenguaje en las comunidades de fe que lo practican como instrumento para la alabanza divina, y en los coros gregorianos de religiosos y aún de laicos que lo presentan como obra magistral del arte. Y se hace novedad perenne, como parece siempre novedosa toda creación musical incorporada por mérito propio al restringido catálogo de lo clásico.

                                                        Dr. Enrique MERELLO-GUILLEMINOT


                                                                     

(1) Cf. Sacrosanctum Concilium, N° 36 & N° 116 (4 de diciembre de 1963).
(2) Editado por dom René-Jean HESBERT (Vromant et Cie., Bruxelles-Paris, 1935), la obra reúne el conjunto de piezas de más antigua  tradición, según los graduales de Compiègne, Rheinau, Mont-Blandin, Corbie,  Senlis y el cantatorium de Monza.
(3) Citado por dom Daniel SAULNIER: Le chant grégorien, p. 31 (Centre Culturel de l’Ouest, France, 1996)

domingo, 11 de mayo de 2014

El lugar del gregoriano

El primer elemento de dificultad que se le presenta a quien desea iniciarse en el estudio de la disciplina gregoriana, es saber dónde se le encuentra: conocer los libros a donde recurrir, y encontrarle restituido de una manera que resulte hoy satisfactoria.

Un libro llamado a tener difusión mundial como emblemático del gregoriano restaurado, se hacía público en 1896: el Paroissien Romain, más conocido en posteriores ediciones en lengua latina bajo el título Liber Usualis missae et officii. La obra  presentaba los textos y piezas a utilizar en las misas y oficios de todos los domingos y fiestas principales del año litúrgico, un compendio valioso en un tiempo en el  que el gregoriano pugnaba entre la autenticidad y la canonicidad (las ediciones benedictinas y la Neo-Medicaea), y el conocimiento de esta enorme colección de melodías era limitado. No obstante, el material del Liber Usualis era heterogéneo, y no todo proveniente del fondo melódico más antiguo.

Acotado en más de 700 piezas del proprium missae, el centenar del ordinarium, las millares de antífonas y responsorios del oficio, los más de 400 himnos, aparte de las  5700 secuencias y los varios centenares de tropos, el catálogo gregoriano constituye el resultado de una normalización no tanto restrictiva como preceptiva, que presenta a quien le interesa un tipo de repertorio religioso vocal considerado único en su género. En efecto, no nacido  “para la oración, sino de la oración” como observaba Jean Jeanneteau (1),  la proclamación del texto bíblico es consubstancial a la melodía gregoriana, como entidad inseparable, no sometida el uno a la otra, sino en íntima relación. Verdadera “palabra cantada”, el texto está en su misma génesis (2), aspecto éste diferencial de las experiencias musicales posteriores en materia de música eclesiástica, sean o no monumentales, como la Misa en si de Bach, las misas de Mozart, Beethoven o Bruckner.

UN GENERO QUE ENTRAÑA UN ESTILO

La búsqueda del canto gregoriano entraña pues la localización de un entorno geográfico, una ubicación temporal, y sobre de todo una tradición viva. Integrada a ese corpus sistematizado, el más antiguo de Occidente, vinculada inexorablemente a una fuente paleográfica, no toda lectura de tetragrama y neumas es entonces lectura gregoriana: ni el O filii et filiae, ni las misas de Henri Dumont o mucho menos el Adeste fideles, todo lo que se podía encontrar en las páginas del Liber usualis.


Editio princeps del Liber Usualis. La obra cobró inesperada vigencia desde que se dispuso en 2007que la liturgia dicha pre-conciliar o tridentina se transformara en el Rito Extraordinario de la Iglesia católica, bajo Benedicto XVI.

¿Cuáles son las fuentes bibliográficas que nos aportan entonces el gregoriano auténtico? Las que contemplan los estudios paleográficos y semiológicos llevados a cabo directamente sobre los manuscritos, y adecuados a las reformas litúrgicas emprendidas a partir del Vaticano II, tanto de la misa como el del oficio divino. Pero aún estas ediciones en incluyen por razón de una tradición nada desdeñable, piezas que la práctica incorporó al uso, como el caso de la Missa VIII de Angelis, el Adoro te devote o las antífonas marianas en tono simple, un tipo de material que algunos llaman pseudo-gregoriano, y nosotros convenimos en llamar neo-gregoriano. El discernimiento de éstas es el fruto del estudio en profundidad de dichas ediciones, lo que presentan y su soporte teórico, lo que habrá de hacerse con el espíritu objetivo del investigador y la serena certidumbre de que en la disciplina gregoriana, la ciencia antecede al arte, cuando el neuma se hace gesto, y el gesto melodía.

                                                             Dr. Enrique MERELLO-GUILLEMINOT 


(1) Citado en Gregoriana, N°especial 1994, p. 1, editada por “Les Amis du Choeur grégorien de Paris”, 1994.
(2) Cf. CARDINE, Eugène: Primo anno di canto gregoriano, Cap. III (PIMS, Roma, 1970).

domingo, 2 de marzo de 2014

Entre el riesgo y la divulgación

La aparición en el cambio de siglo de un curioso grupo de música popular alemán denominado Gregorian bajo la conducción de Frank Peterson, constituye una clara señal del interés masivo que tuvo hasta no hace de esto mucho el universo vinculado al canto gregoriano, y luego el gregoriano mismo, lejos de los estereotipos vinculados a su naturaleza.
 
En el primer trabajo discográfico más o menos relevante de esta agrupación, denominado Masters of Chant Chapter I (1999) aparecen registrados ingeniosos arreglos de conocidas piezas del pop, incluyendo The sound of silence, Brothers in arms, When a man loves a woman, y otras. Con sonido ambiental, tempo rallentecido, coro masculino al unísono de fraseo blando y sin vibrato, el efecto hay que reconocerlo agradable, pese al edulcorante. Las presentaciones in concert de “Gregorian”  incluían una puesta en escena donde los juegos de luces, la coreografía e indumentaria monástica, eran evocadores y novedosos,  habida cuenta del público al cual se orientaba. Fue darle una vuelta de tuerca más al proyecto de música electrónica alemán “Enigma” que fundara Michael Cretu, David Fairstein y el mismo Peterson, cuyos trabajos incluían samples de la Kapelle Antiqua conducida por Konrad Ruhland –por los que luego debieron hacer frente a sendas demandas legales- y mucho “ambiente” pop, rock y new age. De hecho, estos samples eran el único gregoriano auténtico que se podía escuchar en esta clase de producciones (1).

“Enigma” allanó el camino tanto de “Gregorian” como del proyecto francés “Era”, entre otros. Se trata de materiales fonográficos hoy fácilmente localizables en los escaparates de las disquerías, que desde la evocación de este repertorio litúrgico han contribuido a que el mismo exista de alguna forma en el horizonte de conocimiento del público masivo; ¡y a que el gregorianista se vea exigido a disertar en panorámica sobre su materia, previo a una celebración litúrgica o un concierto, cuando se le pregunta dónde están los instrumentos que van a acompañar el canto!


"Gregorian": el hábito no hace al monje.
 
DE “ENIGMA” A LOS MONJES DE SILOS
 
Siendo el resultado tan lejano del género original, de su riqueza melódica, rítmica, expresiva, el riesgo de las confusiones y de simplificaciones de todo tipo resulta evidente. Pero aún salido de las naves de las iglesias y penetrado en toda clase de escenarios, este tipo de experimentos promovió –justo es decirlo- en ciertos auditorios alejados de la fe cristiana, de su arte y de los recintos sacros, el conocimiento de este “estilo gregoriano”.
 
Tema tan antiguo como el gregoriano mismo es su ductilidad, que supo ser simultáneamente materia de trabajo para trovadores y troveros -los cantautores de antaño-, los organistas de Notre-Dame o de St. Martial, los compositores del Calixtinus, hasta los polifonistas renacentistas, por no mencionar los tantos creadores modernos y contemporáneos que extrajeron de su cantera valiosos recursos musicales. En efecto, “monumento incomparable por la riqueza, variedad y espiritualidad de su composición musical, destinada a subrayar los más bellos textos de la Biblia” en palabras de Michel Huglo (2), el gregoriano sin duda no deja de cautivar, en toda la extensión del término. Por lo cual la reflexión  aquí pasa por el avance de la cultura de masas sobre la música llamada “culta”, se llame Waldo de los Ríos y los restos de la  Sinfonía N°40 de Mozart, los Cuadros de una exposición de Moussorgky según Emerson, Lake & Palmer, la melodía principal de Para Elisa de Beethoven transformada en metálico ringtone, el Ave Maria de Bach-Gounod tal como fue presentado por la cantante franco-estadounidense Arielle Dombasle y  el grupo “Era” (3), “Gregorian”, y los beneficios directos que tiene sobre la obra y/o el género original, sin aditamentos, clichés o deformaciones, esta clase de “arreglos” para un publico más generalizado.
 
En el caso del canto gregoriano, alejado ya el suceso de 1994 que significó la masificación de aquellas masterizaciones de antiguos registros realizados por los monjes de Silos, pareciera que el  halo mistérico que enmarca este compendio de melodías, no hizo más que consolidarse en un tiempo necesitado de respuestas a aquello concerniente a lo trascendente de las cosas. Y hoy, extraído el estereotipo, que campee como música alternativa, cuando la cultura busca sus fuentes primigenias, como forma de regeneración y supervivencia.
 
 
                                                                    Dr. Enrique MERELLO-GUILLEMiNOT, PhD



(1) Su exitoso sencillo Sadeness utiliza fragmentos de la antífona Cum angelis con el Sal. 24 (23), 7-10 (LU, 588).
(2) Cf. HUGLO, Michel: Musiques latines, en Le Monde de la Bible 37 (1985).
(3) Más allá de valor artístico de su video clip dado a conocer a mediados de 2013, no deja de causar una sensación extraña, por así decirlo, observar cómo los esplendorosos interiores de la iglesia de Val-de-Grâce, en donde los domingos de otrora resonaban los neumas del  Choeur Grégorien de Paris, se transformaron en escenografía de lujo de este insólito proyecto musical .

 

lunes, 6 de enero de 2014

La música del silencio

Ausculta es la palabra con que S. Benito de Nurcia  principia su Regula monachorum; se trata de un “escucha” nacido del silencio contemplativo, una de las claves para concebir en su justo tono  y espiritualidad, las melodías del repertorio  gregoriano.

A la entrada de uno de los jardines de la abadía de Solesmes, en un entorno de flores y de verdor, crecidos a orillas del Sarthe, un monje de piedra invita al visitante al silencio. Para el hombre de fe, sin este silencio no habría dialogo con el Creador ni luego, tampoco canto litúrgico. Y no tanto en relación con aquella reflexión de Boecio: “quien llega al fondo de sí mismo sabe lo que es la música,” como a la música del silencio; es el Audi Israel, la Šemá de la piedad judía, la lectura que resuena en el oficio de Completas de los sábados.

Sin embargo, este silencio del que emerge el gregoriano, no es privativo de los religiosos o religiosas. Desde Crodegango, este canto se relaciona al clero secular y a los técnicos de la  schola cantorum, y hoy su universalidad trasciende claustros, doctrinas, confesiones y felizmente también las edades, aunque el conocimiento masivo no deje de asociarlo a los monjes, los principales artífices de su restauración, o aún a tiempos más antiguos.
 
Los fieles en oración, un momento de silencio...o de escucha atenta del introito
antes de iniciar la misa (Saint- Michel Abbey, Farnborough)
 
Fruto de ello, para referirnos a aquel emblemático monasterio francés, fueron las cinco conferencias que en agosto de 1976 ofreció dom Jacques Hourlier (+1984) a un grupo de jóvenes enamorados del canto gregoriano. El rico contenido de las mismas emanado de un saber vivo, engarzado en la experiencia de oración de toda una vida, fue recogido en el libro Entretiens sur la spiritualité du chant grégorien (Solesmes, 1985).  Allí, enseñanza, oración y vida, son presentadas como características con-naturales al gregoriano, (1) acaso relacionadas con las enunciadas por  Pío X: bondad de formas, santidad, pobreza.

UN CAMINO ESPIRITUAL

En su libro, dom Hourlier afirma que el gregoriano “expresa una lectura de la Escritura y los Padres hecha por la tradición de la Iglesia”, constituyéndose así en “un lugar teológico que proporciona al texto cantado una significación propia”. Esta cualidad suscita la segunda característica, esta necesidad del hombre o la mujer de fe de cantar la Palabra, devolviéndola, por así decirlo, hecha música. ¿Y no hace este carácter cíclico de la liturgia cristiana, desde el Adviento a la Pascua, su trabajo de renovación de la vida misma de quien lo practica con la adecuada disposición? (2)

Si concebimos la estética musical como la ciencia de lo bello aplicado al arte de los sonidos, si el canto dicho gregoriano es un arte vocal, y  queremos aproximarnos a la estética gregoriana, debiéramos pues analizar la clase de belleza de esta música vocal, una clase de música de la belleza por definición, reconocido el Ser superior como el bien y la belleza supremos.

Y si la música, como el arte todo, abreva en la naturaleza, y ésta se expresa en el silencio en tanto devenir armonioso y constante de la vida y de las cosas, concluimos que el silencio es el instrumento específico de este canto religioso, camino espiritual para expresarse en un tono de despojamiento ante la Belleza inmarcesible. Llamado del silencio más que saludable en el tránsito cotidiano por estos paisajes sonoros, hoy domeñados por la polución.

                                                                       Dr. Enrique Merello-Guilleminot, PhD


(1) Op. cit., pp. 8-16.
(2) Inclusive, se ha llegado a afirmar sin ambages que  “el gregoriano no sana, sino que salva.” (cf. TOMATIS, Alfred: Pourquoi Mozart?, p. 122, Ed. Fixot, 1991)

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Solesmes y el canto gregoriano

En 1837, un antiguo priorato benedictino, ubicado a orillas del río Sarthe, en Francia, es erigido en Abadía. Desde el entonces, el significado que adquiere Solesmes para la liturgia romana y para el canto gregoriano en particular, será decisivo para los destinos de este tipo de espiritualidad musical.

Este monasterio había sido construido hacia el 1010 por Geoffroy, señor de Sablé, y puesto bajo la dependencia de los monjes de Saint-Pierre de la Coutûre. El priorato dependía inicialmente de esa abadía, observante de las normativas del célebre monasterio de Cluny; y luego de la congregación maurista establecida en 1621.

Empero, la vida de esta comunidad que supo de esplendores fue interrumpida, como en general la de todas las órdenes religiosas de Francia, cuando los aires turbulentos de la Revolución estremecieron suelo y gentes de la nación gala: durante 43 años Solesmes estuvo vacío, sin monjes, sometido a los embates del tiempo. El estado de situación llevó a que el dueño de las tierras donde durante siglos día tras día se repetían las alabanzas a Dios, estuviera a punto de demoler lo que quedaba de aquellas construcciones venidas del románico. La iniciativa de recuperar tales ruinas le correspondió a Dom Prosper Guéranger (1805-1875), un joven sacerdote originario de la cercana ciudad de Sablé. Dom Guéranger no duda en alquilar la finca, y al frente de un pequeño grupo de religiosos inicia las obras necesarias para que el Opus Dei vuelva a resonar -en latín y naturalmente, en gregoriano- a lo largo de la nave de la iglesia abacial, llenando el espacio de sus altas bóvedas.

DOM GUÉRANGER

Dom Prosper Guéranger, fue en verdad no solo el I Abad de Solesmes, o el restaurador de la vida en ese cenobio, sino además el artífice de la recuperación de la orden benedictina francesa, y de la liturgia romana contenida como en el ánfora mas acabada en esas milenarias melodías gregorianas, luego definidas por San Pío X como modelo supremo de la música religiosa católica.

La recuperación de la vida monástica en “Saint-Pierre” de Solesmes constituyó la base material para que este canto tradicional de la Iglesia romana, como así lo entiende el Vaticano II, resonara solemne en el monasterio francés, como en toda la cristiandad. Dom Guéranger comprendió que el gregoriano recibido en los libros de canto entonces en uso no podía ser, en tanto primordial vehículo del acto litúrgico, esa “pesada y aburrida sucesión de notas cuadradas que no sugieren un sentimiento ni pueden decir nada al alma”, en sus propias palabras. Estaba en su intuición que el gregoriano, para hacerse oración cantada, debía ser ante todo oración, lectura inteligente de la Palabra para que luego sea palabra propia.


La imponente fachada de finales de 1896, obra de dom Mellet. 

La búsqueda de las fuentes históricas necesarias -los manuscritos dispersos por toda la Europa latina- para restablecer lo que la moda y el tiempo había estragado, relaciona sucesivamente a estudiosos conspicuos, hasta nuestro días. Dom Paul Jausions (1834-1870), comienza los trabajos de restauración de las melodías, encomendado por el propio Dom Guéranger; Dom Joseph Pothier (1835-1923),  es el autor de Mélodies grégoriennes, primer tratado sobre la base de las investigaciones de los antiguos manuscritos aparecido en 1880; Dom André Mocquereau (1849-1930), es el fundador del Atelier de paléographie musicale en 1889, en donde se atesora una importante colección de documentos; Dom Eugène Cardine (1905-1988) inaugura la semiología musical, la ciencia no tanto de la melodía como del ritmo y la expresión implícitos en los signos fijados por los notadores medioevales.
 
Hoy el porte de la abadía solesmense es inconfundible. Su imponente aspecto que recuerda a Mont Saint-Michel o el Palacio de los papas de Avignon, dejándose reflejar majestuoso sobre el Sarthe, está tan relacionado con el canto gregoriano, que para muchos casi constituye  como su equivalente visual. Centro pues de la restauración de este repertorio musical, enclave único de estudiosos, historiadores, liturgistas, musicólogos, buscadores de Dios que se expresan a través de la alabanza cantada de la manera más exquisita, Solesmes es como una ventana al cielo, desde donde los ecos de la liturgia de la Jerusalén celeste, cuando el tiempo lo favorece, casi se pueden llegar a hacer perceptibles.

 Enrique MERELLO-GUILLEMINOT, PhD

sábado, 21 de septiembre de 2013

Tras los rastros de una tradición lejana

La polémica acerca de los orígenes del canto gregoriano, por encima de sentimentalismos, parece ya cosa del pasado. También el criterio científico debiera prevalecer sobre el apologético, a la hora de echar una mirada a su prehistoria, tan  lejana como insondable.

El encuentro entre Pipino el Breve y el papa Esteban II se suele vincular al  comienzo de la historia del canto gregoriano. Fruto del mismo es la introducción del canto romano en la Galia,  y la habilitación a los técnicos que procedieron a su refundición con la música de culto local, lo que habría sido hecha en Metz, bajo el impulso de su arzobispo S. Crodegango.  Pero frecuentemente se suele dejar de lado la consideración del largo camino el proceso de ese material de trabajo; el qué, cómo y por qué de ese repertorio romano -o viejo-romano-  practicado en las basílicas de la Urbe y del canto galicano, del cual no parece quedar vestigio melódico alguno.

Precisamente, con la expresión  fuentes universales se suelen denominar aquellas que enumeran el cúmulo de elementos etnomusicológicos que configuran en su conjunto la herencia musical que llevó a la conformación de los distintos dialectos litúrgicos musicales de la Edad Media europea: romano, ambrosiano, mozárabe, galicano, beneventano. La dinámica social, política, cultural, sumada a la expansión del cristianismo –en particular  a partir de episodios relevantes como el Edicto de Milán, el Concilio de Nicea, la irrupción de la Vulgata Latina, la imposición del latín como lengua para el culto-, señalan condicionantes para el desarrollo de múltiples ritos locales y su creciente interrelación. Por tanto, también el repertorio gregoriano hunde sus raíces en  la práctica de pueblos lejanos, y no solo del viejo-romano re-descubierto por dom Mocquereau a fines del siglo XIX, o del galicano. Toda una  experiencia de siglos  fue modelando ese material melódico, inherente a los aspectos teóricos de la modalidad bizantina, a los aspectos formales de la himnodia venida de Oriente –por ejemplo, aquella que hizo brillar en Siria a S. Efrén-, los elementos populares que se fueron introduciendo en el culto católico,  o aún a  resonancias de un pasado más remoto.

LA CONEXIÓN CON JUBAL

Sería una presunción llegar al bíblico Jubal, en esta prehistoria del gregoriano actual, pero solo una visión parcializada del proceso de gestación de este repertorio desconocería las múltiples relaciones de la cantilación de la sinagoga judía con la música gregoriana. Por lo demás, abundan en el Antiguo Testamento las referencias al canto de los hebreos, así como pautas que ilustran la protoliturgia de los Apóstoles en el Nuevo: el germen de lo que luego sería la misa y el oficio están allí presentes, en donde la organización de las celebraciones en torno a la fractio panis tienen una fuerte presencia musical; son los “salmos, himnos,  y cánticos espirituales” a los que alude S. Pablo (2).

Pero no solo queda esto en las referencias documentales. Es el caso del etnomusicólogo y compositor letón Abraham Idelsohn (1882-1938), quien demostró, mediante registros grabados in situ desde 1914 de la música religiosa de comunidades judías de la antigua Babilonia y el Yemen árabe que se mantuvieron aisladas de la influencia extranjera, (1) las estribaciones de esa antigua práctica musical en relación a diversas características del gregoriano actual: el canto hebreo anticipa históricamente el canto cristiano, de donde el canto sinagogal es una de las influencias del canto gregoriano. Se puede verificar estas analogías en la estructura salmódica de recitación sobre ciertas cuerdas, con un ritmo sujeto al texto, y el uso de determinados giros melódicos relacionados con la puntuación literaria; el uso de complejos melismas (particularmente en la última sílaba no acentuada del verso), el tipo de escritura neumática, independiente a la alfabética greco-latina.
  

Lectura de la Torá de acuerdo a la tradición Daghestani (según Idelsohn).
Obsérvese la estructura sostenida por una nota de recitación y el motivo cadencial
construido con un intervalo de 3ª mayor.

El avance del cristianismo fue enriqueciendo su canto sagrado, con formas nuevas inherentes a actores, espacios y funcionalidad litúrgica específicos, entretanto se conformaba la liturgia, el año litúrgico, el credo, la teología misma. Todo un complejo de elementos venidos desde el fondo de la historia de ese nuevo Pueblo de Dios “espiritualmente semítico” en la expresión de Pío XI, está pues en la genealogía del compendio melódico gregoriano. Elocuentes testigos de ello son los vocablos y nombres hebreos incorporados a los textos gregorianos, tan propios de ellos como el mismo latín.

                                                                                    Enrique Merello-Guilleminot, PhD



(1) Son 5000 las piezas que recopiló en los 10 volúmenes de su monumental obra Hebraisch-orientalischer melodienschatz, originalmente publicada entre 1923-1932. Otros autores que trabajaron sobre estas vinculaciones fueron François-Joseph Fétis, Hubert Parry, Hugo Riemann,  y sobre todo Peter Wagner.
(2) Cf. Ef. 5,19.

domingo, 18 de agosto de 2013

Canto gregoriano, ¿canto de Gregorio?

Aunque la tradición relacione sistemáticamente a S. Gregorio I con el repertorio monódico de la Iglesia romana, una aproximación a los hechos despojada de subjetivismos, nos permite encontrar que su acción concreta en el terreno litúrgico dista considerablemente de una normalización técnica o preceptiva de este repertorio musical.

No siempre la arqueología y la historia recorren los mismos caminos. En materia gregoriana, esto se demuestra de manera sencilla, en la consideración de los hechos acaecidos a principios de 1890, cuando dom André Mocquereau, entonces maestro de coro de Solesmes, marcha rumbo a Italia con la finalidad de visitar las bibliotecas de la península y fotografiar documentos que registran el gradual Iustus ut palma.

Dom Mocquereau estaba empeñado en acrecentar cuanto le fuese posible la cantidad de manuscritos disponibles de esta pieza, a fin de facilitar su estudio comparado, para la posterior publicación de su versión melódica restituida. La empresa pretendía demostrar el valor de los estudios benedictinos sobre el gregoriano como método único de recuperación del fondo melódico auténtico, en relación con lo dispuesto por la jerarquía eclesiástica. En efecto, en 1871, la Sagrada Congregación de Ritos había autorizado al editor Pustet de Ratisbona a re-editar la Medicaea, el gregoriano superviviente a la mensuración y a la era de la polifonía, aparecido en 1614, luego de idas y venidas, en las que incluso estuvo involucrado el célebre Palestrina (1).
 
OTRO CANTO ROMANO
 
Cuánto no fue la sorpresa de dom Mocquereau cuando encontró un tipo de cantilación que se practicaba en la liturgia papal hacia el siglo VIII y que melódicamente dista aún de ser el gregoriano que nosotros conocemos, aunque no es independiente a éste desde el punto de vista litúrgico (2). Este canto luego llamado vieux-romain, canto viejo romano o romano antiguo, no es atestiguado más que por tres manuscritos de escritura tardía: el gradual Roma (Bibl. Vat. Lat. 5319), el antifonario Londres (British Museum, add.29988) y el antifonario Roma (Arch. San Pedro B79), todos del siglo XII.
 

Folio del ms. Roma, Bibl. Vat. Lat. 5319 (s. XII)

Se presenta con un tipo melódico sencillo, más emparentado con las antiguas tradiciones locales que con nuestro gregoriano. Si consideramos que S. Gregorio I finalizó su pontificado en el 604, no resulta difícil entender que el gregoriano de hoy no puede ser indudablemente el canto que acaso él entonaba en San Juan de Letrán junto a sus cantores, y mucho menos el canto “genuino” de la Medicaea. Estaría más próximo en el tiempo y en la distancia al romano antiguo descubierto por dom Mocquereau.

La historia de las atribuciones es recurrente en la peripecia humana. En el caso de la música gregoriana y Gregorio I, la relación es justificable desde cierta lateralidad con este pontífice. El Sacramentario (libro de cantos a entonar por el celebrante) que se remonta a su época, su interés por la liturgia, y sobre todo una tradición milenaria que lo vincula a este repertorio monódico religioso, parece hoy ser tan indivisible como la paloma al oído que acompaña sus imágenes desde los frescos del Sacro Speco de Subiaco, hasta los mosaicos de S. Pablo Extramuros.
                                                                Enrique MERELLO-GUILLEMINOT, PhD




(1) A pesar de ser una verdadera caricatura del gregoriano, la edición neo-medicaea, dominó los últimos treinta años del siglo, como versión del genuinum cantum gregorianum, tal como fue presentado en su Decreto de aprobación.

(2) Cf. COMBE, Pierre: Histoire de la restauration du chant grégorien, d’après des documents inédits (Solesmes, 1969).